En
Chile, se tiende a creer que el negocio forestal nace
y muere en la pulpa. El gran peso que estos commodities
tienen en las exportaciones chilenas opaca otras vertientes
de negocios desarrolladas por compañías
que no están en primer plano como los dos grandes
conglomerados forestales, pero que desarrollan actividades
claves del sector.
Masisa
S.A., un gigante silencioso que lidera el mercado de tableros
y molduras en Latinoamérica y va un paso adelante
en agregación de valor; la Controladora de Plagas
Forestales, empresa privada que se ocupa de un tema clave
en el sector: el patrimonio sanitario, y la Sociedad Inversora
Forestal, líder en poner el mercado de capitales
al servicio del desarrollo de los pequeños productores
agrícolas.
Bajo
la sombra de goliats forestales como CMPC y ARAUCO, Masisa
S. A. aparentemente no suena tan fuerte, pese a que lidera
la producción de tableros y molduras en Latinoamérica.
En un rubro donde mandan las exportaciones de commodities,
como la pulpa, la empresa está un paso adelante
en la agregación de valor, con su incursión
en el sector de la madera aserrada y puertas de madera
sólida, un tema por el que pasará, en parte,
el futuro del sector forestal chileno.
La
Controladora de Plagas Forestales (CPF) fue creada en
1992 a través de una asociación de las más
importantes empresas forestales del país, entre
ellas Bosquesd Arauco, Forestal CELCO, Forestal Mininco,
Forestal Crecex y Forestal Valdivia, para evitar y controlar
la aparición de plagas en Chile. Una empresa con
sede en Los Angeles, Octava Región, con un presupuesto
anual de US$450 mil, donde trabajan 15 personas, en su
mayoría investigadores de universidades.
Hay
que estudiar los controladores naturales en el lugar de
procedencia. Luego los introducimos en el país,
bajo cuarentena para aseguranos de que sean inocuos para
otras especies chilenas. Una vez aprobados los reproducimos
para repartirlos en el bosque afectado, explica Osvaldo
Ramírez, gerente de CPF.
El
sistema, además de ser ecológico, da una
solución definitiva y de menor costo. Frente a
la aplicación de químicos, además
de utilizarlos en forma constante para una misma plaga,
se arriesga la otra vida silvestre vinculada al bosque,
agrega Ramírez.
Si
una obligación tiene el exitoso sector forestal
chileno a futuro, ésa es incorporar a los pequeños
productores. Un grupo de aproximadamente 200 mil familias,
dueñas de alrededor de cuatro millones de hectáreas,
que hasta ahora se dan vuelta con lo que la tierra les
da: chacarería, leña, venta de madera a
aserraderos, entre otros ingresos.
Pionera
en el tema, es la Sociedad Inversora Forestal (SIF) creada
en 2002 por Fundación Chile, con la intención
de forestar cinco mil hectáreas en predios pequeños
y medianos del secano interior de la séptima y
octava regiones. Mediante contratos de usufructo con los
agricultores, SIF paga US$ 40 anuales por hectárea.
Así, un productor que posea 20 há, recibe
US$800 dólares anuales.
Tras
la cosecha, además, reciben el 10% del valor del
volumen en pie de la madera y una vez terminado el contrato,
se les devuelve la propiedad reforestada. Hay que pensar
que los predios en cuestión son zonas erosionadas
y con escasas opciones productivas.
Como
se ve, un ejemplo que desmitifica el prejuicio del divorcio
entre el mercado de capitales y el apoyo a sectores con
baja rentabilidad. En definitiva, todo pasa por la creatividad.
SIF la tiene.
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